El movimiento nacional revolucionario y el marxismo-leninismo

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El movimiento nacional revolucionario y el marxismo-leninismo

 

EL PROBLEMA DE NACIONALIDADES

Planteamiento del problema

En el curso de los veinte últimos años, la cuestión nacional ha sufrido una serie de modificaciones sumamente importantes. En la actualidad, tanto por su amplitud como por su carácter íntimo, difiero profundamente de lo que era la II Internacional.

Limitábase entonces, casi exclusivamente, a la cuestión de opresión de las nacionalidades “cultas”. Irlandeses, húngaros, polacos, finlandeses, servio; tales eran los principales pueblos más o menos oprimidos, cuya suerte interesaba a la II Internacional. En cuanto a los cientos de millones de asiáticos y africanos, aplastados por el yogo más brutal, a nadie preocupaban. Parecía imposible colocar en el mismo plano a blancos y negros, a “civilizados” y “salvajes”. La acción de la II Internacional a favor de las colonias se limitaba a raras y vagas resoluciones en que se evitaba cuidadosamente aludir a la cuestión de la emancipación de las colonias.

Este oportunismo en la cuestión nacional ha desaparecido. El leninismo lo puso al descubierto; destruyó la barrera entre blancos y negros, europeos y exóticos; asimiló los esclavos “civilizados” a los esclavos “no civilizados” del imperialismo; relacionando así la cuestión nacional con la cuestión colonial. Gracias a ello, esta última pasó a se un problema internacional; el do de la liberación de los pueblos explotados de las colonias y países oprimidos por el imperialismo.

Antes, el derecho de las naciones a disponer de sí mismas era frecuentemente reducido al derecho a la autonomía cultural; en otros términos, concedían a las naciones oprimidas el derecho a poseer sus instituciones culturales propias, pero les negaban el de liberarse del yugo político de la nación dominadora. El principio del derecho de las naciones a disponer de sí mismas corría por consiguiente el riesgo de servir para justificar las anexiones. Semejante confusión ha sido disipada ya. El leninismo amplió la concepción del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, reconoció a las colonias y países oprimidos el derecho a separarse completamente del Estado dominador y a constituirse en Estados independientes. Gracias a ello, la posibilidad de justificar las anexiones ha desaparecido. Y así, el principio del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, que durante la guerra imperialista fue en manos de los socialpatriotas un instrumento para engañar a las masas, sirve ahora para poner al descubierto las tendencias imperialistas y las maniobras patrioteras, y representa un instrumento de educación política de las masas en un espíritu internacionalista.

Antes, la cuestión de las naciones oprimidas era considerada, generalmente, como un problema jurídico. Proclamación solemne de la igualdad de los ciudadanos de un mismo país, declaraciones innumerables sobre la igualdad de las naciones; en esto se entretenían los partidos de la II Internacional, ocultando cuidadosamente el hecho de que, bajo el imperialismo, que permite a unos pueblos vivir de la explotación de otros, “la igualdad de las naciones” no es más que una ficción. El leninismo ha desenmascarado la hipocresía de este punto de vista jurídico en la cuestión nacional. Ha mostrado que, sin un apoyo directo de los partidos proletarios a la lucha de los pueblos oprimidos, las pomposas declaraciones sobre la igualdad de las naciones no eran más que frases mentirosas. De este modo, la cuestión de las naciones oprimidas se ha convertido en la cuestión del sostén constante de los pueblos oprimidos en su lucha contra el imperialismo por su independencia nacional.

Para el reformismo, el problema nacional era un problema independiente, sin relación con la dominación del capital, el derrocamiento del imperialismo y la revolución proletaria. Admitíase tácticamente que la victoria del proletariado en Europa era posible sin una alianza directa con el movimiento de liberación nacional de las colonias; que la solución de la cuestión nacional podía encontrarse fuera de la revolución proletaria, fuera de la lucha contra el imperialismo. Esta punto de vista antirrevolucionario ha sido desenmascarado ya. El leninismo ha probado y la guerra imperialista  y la revolución Rusa han confirmado, que la cuestión nacional no puede resolverse más que sobre el terreno de la revolución proletaria, que la victoria de la revolución en Occidente exige la alianza del proletariado europeo con el movimiento de las colonias y países oprimidos contra el imperialismo. La cuestión nacional es una parte de la cuestión general de la revolución proletaria, una parte de la cuestión de la dictadura de proletariado.

¿Existen en el movimiento de independencia nacional de los países oprimidos posibilidades revolucionarias y, en caso afirmativo, pueden utilizarse para la revolución proletaria, transformar los países coloniales y oprimidos, de reserva de la burguesía imperialista, en aliados del proletariado revolucionario? Así se plantea la cuestión.

El leninismo responde afirmativamente; en otros términos, reconoce la existencia de estas posibilidades revolucionarias y estima necesario utilizarlas para el derrocamiento del enemigo común, el imperialismo. El mecanismo del desenvolvimiento del imperialismo, la guerra imperialista y la revolución rusa confirman plenamente las deducciones del leninismo a este respecto.

De ahí, la necesidad para el proletariado de sostener activa, resueltamente, el movimiento de liberación de los pueblos oprimidos.

No se sigue aquí, evidentemente, que el proletariado deba sostener cualquier movimiento nacional. Debe apoyar a los que tiendan a debilitar, a minar el imperialismo y no su mantenimiento y consolidación. Ocurre que los movimientos nacionales en algunos países oprimidos entran en conflicto con los intereses del movimiento proletariado. En tales casos, no deber en modo alguno ser sostenidos. La cuestión de los derechos de una nación no se un problema aislado, independiente, sino una parte de la cuestión general de la revolución proletaria. Por consiguiente, debe adaptarse, subordinarse a esta última. En el año 1850, Marx era partidario del movimiento nacional de los polacos y húngaros y estaba en contra del de los checos y eslavos del Sur. ¿Por qué? Porque estos últimos eran a la sazón, “pueblos reaccionarios”, avanzadas de la Rusia autocrática en Europa, mientras que los polacos y los húngaros era “pueblos revolucionarios”, que luchaban contra la autocracia. Porque sostener entonces el movimiento nacional de los checos y eslavos del Sur habría equivalido a sostener indirectamente el zarismo, el enemigo más peligroso del movimiento revolucionario en Europa.

“Las diferentes reivindicaciones de la democracia y, entre otras, el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, no son un absoluto, sino una parte del movimiento democrático (socialista) mundial. Es posible que en determinados casos la parte esté en contradicción con el todo, y entonces hay que rechazarla.” (Lenin: “El balance de la discusión”.)

Así pues, consideramos no desde el punto de vista formal del derecho abstracto, sino desde el punto de vista de la realidad de los intereses del movimiento revolucionario, algunos movimientos nacionales pueden tener un carácter reaccionario.

De análoga manera, el carácter indiscutiblemente revolucionario de la mayor parte de los movimientos nacionales es tan relativo y particular como el reaccionarismo de ciertos otros. Para ser revolucionario un movimiento nacional no es absolutamente necesario que esté compuesto de elementos proletarios, que tenga un programa revolucionario o republicano, una base democrática. La lucha del emir de Afganistán por la independencia de sus país es objetivamente una lucha “revolucionaria”, a pesar del monarquismo del emir y sus ayudantes; pues debilita, descompone y mina el imperialismo, mientras que la lucha de los demócratas “socialistas”,  “revolucionarios” y republicanos como Kerensky y Tseretelli, Reanudel y Scheidemann, Tschernof y Dan, Henderson y Clynes durante la guerra imperialista, era una lucha “reaccionaria”; pues tenía como resultado disfrazar el imperialismo, consolidarlo, conseguir su victoria. Del mismo modo, la lucha de los mercaderes e intelectuales egipcios por la independencia del Egipto, es una lucha objetivamente “revolucionaria”, a pesar del origen y condición burguesa de los líderes del movimiento nacional, a pesar de su oposición al socialismo; mientras que la lucha del Gobierno obrero inglés por el mantenimiento del Egipto bajo la tutela de la Gran Bretaña es una lucha “reaccionaria”, a pesar del origen y condición proletarias de los miembros de es Gobierno, a pesar de sus supuestas convicciones socialista. Asimismo, el movimiento nacional de los otros grandes países coloniales y oprimidos como la India y la China no deja de ser por eso, aunque contradiga los principios de la democracia formal, un golpe directo contra el imperialismo, por consiguiente, un movimiento “revolucionario”.

Lenin tiene razón cuando dice que el movimiento nacional de los pueblos oprimidos debe ser considerado no desde el punto de vista de la democracia formal, sino de sus resultados efectivos en la lucha general contra el imperialismo; dicho de otro modo, hay que apreciar ese movimiento “no aisladamente, sino en la escala mundial”.

  

euskadi roja

ORGANO en EUSKADI del PARTIDO COMUNISTA (SE de IC)   PORTAVOZ de los SINDICATOS REVOLUCIONARIOS

Año I, San Sebastián, 25 Marzo 1933  nº 1