Marxismo y tradición nacional en Cuba (1935-1953)

el marxismo y la cuestion nacional
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x Dra. María Caridad Pacheco González en Cuba Socialista

“Tampoco tienen razón los que aseguran que el internacionalismo de los principios marxistas, niega y contradice el nacionalismo progresivo y revolucionario, esto es, el nacionalismo que procura la satisfacción de las verdaderas necesidades nacionales, el logro de la efectiva liberación nacional”.

Al iniciarse la década del 30, el proyecto neocolonial impuesto a Cuba por el imperialismo norteamericano se había afincado en la realidad nacional, pero al mismo tiempo, comenzaban a manifestarse en él todos los síntomas de crisis en tanto sistema de dominación, en su forma más aguda. En ello había gravitado la gran crisis mundial del capitalismo que se desencadenó a partir de 1929 y se prolongaría durante varios años.

En este contexto, la dirección del Partido Comunista de Cuba, colocó como tarea de primer orden la emancipación económica y política, que ya había formado parte del programa del Partido Revolucionario Cubano fundado por Martí. El descontento popular por la actividad corrupta de los gobiernos que asumieron la dirección del país, después de instaurada la neocolonia, abonó el camino que permitió al primer partido marxista-leninista de Cuba desarrollar entre las masas populares un trabajo político-ideológico dirigido a fortalecer sus sentimientos patrióticos y revolucionarios.

Después del imprescindible análisis que provocó la derrota de la huelga de marzo de 1935 y del duro golpe que significó para las fuerzas progresistas del país la caída de Antonio Guiteras, quien, según Roa, era "el espíritu más puro del movimiento nacional revolucionario",[1] el Partido entendió con mayor claridad que era necesaria la unidad de todas las fuerzas oposicionistas si se pretendía llevar adelante cualquier intento transformador de la sociedad cubana.

A esta conclusión vital arribó la dirección del Partido influenciado por acontecimientos de orden interno y externo de gran alcance. Entre los factores internos, se hallaba el fracaso de la implantación de los soviets y el empeoramiento de la situación económica y política del país, y entre los externos, el acercamiento a la Internacional Comunista y a las organizaciones partidistas del continente (en especial de Estados Unidos y México), las líneas trazadas por el VII Congreso de la Internacional Comunista en medio de la creciente amenaza del fascismo y el triunfo del gobierno democrático y antimperialista del General Lázaro Cárdenas en México.

El marxismo en la tradición cubana

Si bien el VII Congreso de la Internacional Comunista situó como tarea de primer orden la unidad más amplia sin distingos de ideología para enfrentar la lucha contra el fascismo y el peligro de guerra, acorde con las condiciones histórico–concretas de cada país, lo cierto es que la dirección del Partido, encabezada desde hacía poco tiempo por Blas Roca, dirigió su mirada hacia la historia nacional, definiendo a la organización como continuadora de las luchas patrióticas y emancipadoras de los independentistas del siglo XIX. Retomaban así la fundamentación unitaria y antimperialista presente en lo más esencial del pensamiento martiano y que ya, algunos años atrás, había tratado de introducir Julio A. Mella en el movimiento revolucionario cubano.[2]

En esa línea de pensamiento y acción, el VI Pleno del PCC, celebrado en octubre de 1935, destacó la necesidad de volverse a la propia historia patria a fin de encontrar en ella la continuidad a las luchas del presente, en las que el factor nacional iba conformándose como esencial. Por ello Blas Roca expresó ante el Pleno: "...el factor nacional, la defensa de la patria cubana oprimida por el imperialismo no es una causa ajena al proletariado, sino su primera obligación, su supremo deber"[3].

De este modo, las experiencias de los acontecimientos ocurridos después del derrocamiento de la dictadura de Machado, impulsó al Partido, que entonces contaba con un reducido número de militantes en sus filas a encontrar las vías de profundizar en su basamento teórico mediante el estudio de los clásicos, de los que apenas se conocían algunas pocas obras y además lograr su fortalecimiento político.

A esta debilidad teórica había contribuido la escasa bibliografía marxista existente entonces, sobre la cual Raúl Roa valoró:

No hay que olvidarse que en aquella época en Cuba la bibliografía marxista leninista era bastante pobre, era más rica la de Lenin que la de Marx. Por eso yo muchas veces he pensado que todos nosotros fuimos a Marx desde Lenin, y no fuimos a Lenin desde Marx, como suele ocurrir en la mayor parte del mundo. El día justamente que se inauguró la Conferencia Panamericana en el Centro Gallego, vimos en la librería de La Moderna Poesía los tres tomos de El Capital conjuntamente editado por una editorial española, la editorial Zenit, de Madrid, que era una traducción de Manuel Pedrozo, que era un profesor sevillano y que le introdujo modificaciones andaluzas al texto de Carlos Marx [...] ese libro para nosotros además era inagotable; era como La Montaña Mágica de Thomas Mann. Para algunos que por primera vez se enfrentan con ellos y se les ocurre ascender o escalar tiene efectivamente sus dificultades, tiene ahogos asmáticos, por lo menos. Estaba el Manifiesto Comunista que todo el mundo lo entendía porque esto es una clarinada de primavera y esta escrito en un estilo suelto, admirable, claro, maravilloso, penetrante. Estaba también El dieciocho Brumario que también es un libro muy leíble, magnífico. La Guerra Civil en Francia, el Libro de Engels sobre la familia, la propiedad privada y el Estado[...] De Engels, el Anti Duhring solo era legible la parte sobre el socialismo utópico y científico; al resto nadie le podía entrar. De Lenin había libros claros. Estaba ¿Qué hacer?, estaba El Imperialismo, última etapa del capitalismo, estaba El Estado y la Revolución, estaba En el Camino de la Insurrección, estaba El extremismo, enfermedad infantil del comunismo. Eran libros claves no solo para el análisis teórico de la problemática de nuestro país, sino desde el punto de vista político, de la técnica política, de la estrategia y táctica política, eran fundamentales.

Amén de que se conocían las ponencias de Lenin, los acuerdos planteados por él en el Congreso del año 22 en el cual Lenin plantea tesis fundamentales en los que se refiere a la lucha contra el imperialismo y a la cultura colonial que son claves además y que se habían olvidado un poco andando el tiempo, pero que Mella las revivió y que se conocieron perfectamente bien por todos nosotros.

Además existía la polémica de Mella con los apristas que, en cierta medida es una contribución al esclarecimiento de la lucha antimperialista en América Latina sobre todo desde el punto estratégico y práctico[... ]

Es decir, que la bibliografía con la que se contaba era sumamente ínfima. Apenas existían libros claves para ello. Y con eso tuvimos que batirnos nosotros, y con eso tuvimos que enfrentarnos con una realidad compleja, virulenta, efervescente, que a la vez era una realidad que tenía fuerzas creadoras que la impulsaban hacia adelante, y había fuerzas atrasadas muy movilizadoras que le daban un cariz muy difícil a la lucha en Cuba. No hay que olvidarse que en aquella época no era muy fácil llegar a la gente desde el punto de vista marxista leninista".[4]

Marx y Engels en el Manifiesto Comunista habían señalado que sin la independencia y la unidad de cada nación era imposible realizar ni la unidad internacional del proletariado, ni la cooperación consciente de esas naciones hacia objetivos comunes.

Para lograr tales propósitos era imprescindible que el proletariado cubano conociera y estudiara las bases generales sobre las que descansaba la sociedad, así como la doctrina marxista. Las masas populares, en general, necesitaban de una profunda cultura política para alcanzar la segunda y definitiva independencia.

Al hacer una defensa justísima de la labor plena y abnegada de Rubén Martínez Villena, Juan Marinello aducía que, al cambiar su vocación artística por la política, algunos habían creído ver en su actitud cierto desdén o repudio de los marxistas por la cultura. A tal falacia, Marinello respondió que para todo marxista verdadero, la cultura, la ciencia y el arte, fueron valores esenciales sin los cuales no se puede entender la liberación humana por la que los marxistas trabajan.

En los primeros años de su existencia, el Partido Comunista de Cuba, promovió a través de la prédica y el estudio de sus militantes el ideario emancipador, antimperialista de José Martí, del cual permeó no solo al movimiento obrero, sino también a sectores estudiantiles y de las capas medias. Con ello promovió un verdadero resurgimiento nacional que la burguesía había permitido decaer. Uno de los grandes méritos históricos del Partido Comunista en esta etapa fue comprender que el problema de Cuba no consistía solo en un cambio de gobernante. Era necesario culminar la lucha por la liberación nacional y para ello constituía un requisito indispensable continuar el desarrollo de la cultura y la educación del pueblo para reafirmar en este los valores patrióticos que le habían permitido obtener importantes victorias, a pesar del balance funesto de la Revolución del 30.

En las condiciones históricas de Cuba, la misión del proletariado no podía limitarse a la lucha social y política contra la burguesía y a la conquista del poder. Era necesario ante todo emprender la lucha por la completa independencia nacional. Tanto en el siglo pasado cuando nació y dio sus primeros pasos el movimiento obrero, como a lo largo del siglo XX, cuando el movimiento obrero constituía una fuerza madura y organizada, el problema histórico fundamental del país, de cuya solución dependía la existencia de la nación cubana e incluso la solución de los problemas sociales que afrontaban los trabajadores, fue la liberación del dominio imperialista.

Los comunistas cubanos, influenciados por el ideario martiano y por las enseñanzas de la Revolución de Octubre, se proponían en la década del 30 la realización de una revolución agraria y antimperialista, como paso previo para una revolución socialista, pero no tendrían una clara comprensión del carácter, objetivos y fuerzas motrices de esa revolución hasta finales de esa década, cuando la conciencia antimperialista y anticapitalista de las masas populares alcanzó un alto grado de desarrollo, lo cual contribuyó a alcanzar conquistas democráticas que propiciaron un viraje histórico en el país.

A este desarrollo de la conciencia del pueblo cubano y a la realización de estos cambios había contribuido de forma decisiva el despliegue de las ideas marxistas y leninistas a partir de 1938, con la legalización del Partido Comunista de Cuba, el avance de la amenaza nazi-fascista y la nueva política del “buen vecino” entronizada por el gobierno de los Estados Unidos, que condujo a la extensión de cambios democráticos en muchos países del subcontinente ante las presiones de la burguesía nacional y al interés de Washington de relegar las formas militares de intervención por otras más sutiles, pero no menos dominantes.

También hay que tomar en consideración la labor desplegada por las masas en ayuda al pueblo español que luchaba contra el fascismo y el apoyo al gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas, que despertaron amplias muestras de solidaridad por parte del pueblo cubano y coadyuvaron, consecuentemente, al proceso de unidad de amplios sectores populares.

Rescate del pensamiento cubano del siglo XIX

Es preciso señalar que, en este contexto histórico, se apreció a partir de los años 30 un incremento de las publicaciones sobre temas que rescataban las tradiciones del pensamiento cubano del siglo XIX, en las que el ideario y la práctica revolucionaria de Martí cobró un papel relevante. En esta época apareció una edición de las Obras Completas del Apóstol (1936) y se dio a conocer el primer intento de escribir una historia de Cuba por parte del destacado y polémico historiador Ramiro Guerra, en cuyos trabajos comienza a observarse la renovación de los estudios históricos en Cuba en tanto en ellos reconoce a los factores económicos su condición de fundamento de los fenómenos sociales y políticos.

También Fernando Ortiz, sin llegar a una interpretación marxista, nos descubre una Cuba que no se conocía hasta entonces en los campos de la etnografía, la ciencia penal y la sociología a partir de una visión materialista y dialéctica. Con razón Marinello le bautizó como el tercer descubridor de Cuba (el primero fue Colón y el segundo, Humboldt).

Conjuntamente con los trabajos de Ramiro Guerra y Fernando Ortiz, aparece la amplia labor historiográfica del Dr. Emilio Roig de Leuchsenring que tendrá enorme repercusión en el desarrollo de una conciencia antimperialista y una cultura popular.

En 1941 organiza un Congreso en conmemoración del 50 aniversario del Partido Revolucionario Cubano, cuyo temario se concentró en los últimos trabajos políticos de Martí. Allí dio a conocer su trabajo “Teoría martiana del partido político”, el entonces joven estudiante Julio Le Riverend, quien apoyándose en los escritos de Martí de los últimos cuatro años calificó las posiciones de éste como “símilis-marxistas”.

Pero lo más importante de éste y otros eventos organizados por Roig fue su afán de esclarecer cuál había sido la posición de Martí frente a Estados Unidos y cómo debíamos recoger los cubanos su legado histórico.

Roig logró nuclear a un significativo grupo de intelectuales progresistas en la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, diseñada en línea coincidente con la política que el Partido Comunista propugnaba y a través de la Sociedad y de la Oficina del Historiador realizó publicaciones destinadas a renovar la interpretación y las temáticas de la historia de Cuba que se hacía en aquellos años.

Los Congresos Nacionales de Historia fueron la Tribuna abierta que creó la Sociedad para la divulgación y el intercambio, para el acercamiento entre el pueblo y sus intelectuales. El carácter revolucionario de esos congresos se manifestó en sus acuerdos y declaraciones. El primero de ellos celebrado en 1942, dio a conocer trabajos que constituían un salto cualitativo en la ciencia histórica: Seis actitudes de la burguesía cubana en el siglo XIX, de Sergio Aguirre; “La Aurora” y los comienzos de la prensa y de la organización obrera en Cuba e Inicios del movimiento obrero en Cuba, de Blas Roca.

Emilio Roig fue el animador, director y propagandista indiscutible de este movimiento, nunca penetrado por criterios reaccionarios en medio de la difícil batalla ideológica que se libraba a nivel internacional y a nivel nacional. Es muy meritorio el hecho de que en tan difíciles circunstancias, devino colaborador estrecho de los comunistas, quienes contaron siempre con su apoyo personal y de las instituciones que él fundó y dirigió.

Esta amplia labor de educación y propaganda que llevaron a cabo los comunistas de aquella época, contribuyó a crear, en condiciones desfavorables tanto en lo interno como en lo externo, una cultura de resistencia ante los embates de las campañas anticomunistas, la ilegalidad y la represión.

El marxismo en la república mediatizada fue objeto de perennes calumnias y ataques por parte del imperialismo y de la oligarquía burgués-latifundista, lo cual generó en el seno de la sociedad cubana un debate ideológico que alcanzó momentos de singular relevancia durante la Asamblea Constituyente de 1940 y el período de “guerra fría” iniciado al término de la II Guerra Mundial.

La Asamblea Constituyente que sesionó entre febrero y junio de 1940 trascendió en el plano de los cambios políticos de la etapa no solo por la Constitución que aprobó –una de las más avanzadas en lo declarativo del continente— sino por la difusión a todo el país de los debates a través de la radio, lo que coadyuvó a dar a conocer la realidad cubana y el papel del imperialismo como freno al desarrollo económico y social del país. De este modo, la Constitución se forjó con la conciencia nacional acerca de sus preceptos esenciales y resultó un producto aplazado de la Revolución de 1933.

La mayoría de los delegados en la Asamblea Constituyente eran representantes de la burguesía y los latifundistas, aliados y servidores del imperialismo norteamericano. Había una representación de la burguesía nacional-reformista, agrupada mayoritariamente en el PRC, que tenía su base social en la pequeña burguesía y que trataba de ganarse el apoyo de los obreros con una plataforma social reformista, y la clase obrera tenía una pequeña pero combativa representación con seis delegados comunistas.

A pesar de que la mayoría aplastante de los delegados representaban a la burguesía se logró una Constitución progresista debido a que muchas de las demandas económico-sociales enarboladas por el movimiento revolucionario en 1933 habían ganado un amplio apoyo nacional. El bloque burgués-latifundista no podía ignorar las demandas económico-sociales de beneficio popular, cuya inclusión en la nueva Constitución se reclamaba.

La conmoción revolucionaria del 33 obligó a los partidos tradicionales a adoptar en sus programas demagógicamente algunas de esas demandas. De este modo, el PRC, partido con la mayor representación en la Constituyente, al organizarse después de la caída del gobierno de Grau, levantó un programa nacional-reformista bajo la consigna de socialismo, nacionalismo y antimperialismo.

Los delegados comunistas antes y durante el proceso de la Asamblea desenmascararon el verdadero contenido del programa nacional-reformista, erigiéndose en los principales defensores de la democracia, el mejoramiento popular y la defensa de la economía nacional. Esto lo pudo valorar el pueblo que estuvo atento a cada una de las sesiones de aquel importante acontecimiento. De carácter democrático-burgués, los preceptos y derechos individuales que sancionó la Carta Magna registraron avances y retrocesos en relación con la anterior Constitución. En el orden cultural uno de los principales avances fue la obligación establecida de que la enseñanza de Literatura, Historia, Cívica y Constitución fuera impartida por cubanos de nacimiento, mediante textos de autores que tuvieran la misma nacionalidad, con el fin de impedir que en los colegios privados católicos se continuaran empleando textos y profesores contrarios a la nacionalidad cubana o desviados completamente de nuestra realidad y de nuestra cultura.

Marxismo y soberanía

A inicios de la década del 40, con la II Guerra Mundial y la entrada de la URSS en el conflicto bélico, en Cuba se habían creado las condiciones para la formación de un Frente Popular Antifascista y consecuente con esta línea, la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) adoptó la política de supeditar todas las luchas sociales al objetivo de derrotar al fascismo internacional.

Esta política de principio levantó groseras calumnias contra el Partido Unión Revolucionaria Comunista (PURC) y la CTC por parte de la Comisión Obrera Nacional del Partido Revolucionario Auténtico, encabezada por Eusebio Mujal, y otras fuerzas de la reacción, que se proponían desacreditar el prestigio de los comunistas ante el pueblo y dificultar la unidad nacional. Para lograr sus propósitos no cesaron de acusarlos de ser enemigos de la nacionalidad cubana.

La posición unitaria, patriótica y combativa de la clase obrera y su partido hizo fracasar la labor escisionista de los elementos grausistas y de la reacción.

Sin embargo, estos acontecimientos tuvieron una repercusión negativa desde el punto de vista histórico. La necesidad de dirigir todos los esfuerzos hacia el objetivo de derrotar el imperialismo nazi, condujo a debilitar la vigilancia sobre el enemigo cercano y principal. En ello gravitó el denominado período “browderista”[5] que, aunque no influyó tan funestamente en Cuba como en otros países del área, no contribuyó a sostener la conciencia antimperialista del pueblo cubano, y de no haberse rechazado a tiempo hubiera ocasionado graves daños a la unidad y fortaleza del Partido.[6]

No obstante ser acusados de procurar la desintegración social de la nación cubana y de menoscabar los factores de integración nacional, fueron los comunistas los que con mayor persistencia lucharon por preservar la nacionalidad y la nación cubanas.

En 1942, Blas Roca estableció la relación entre marxismo y nacionalismo en los siguientes términos:

“Tampoco tienen razón los que aseguran que el internacionalismo de los principios marxistas, niega y contradice el nacionalismo progresivo y revolucionario, esto es, el nacionalismo que procura la satisfacción de las verdaderas necesidades nacionales, el logro de la efectiva liberación nacional”.[7]

Un año más tarde, Blas reafirma esta posición al definir su concepto de Patria:

“Nuestra Patria es una formación histórica que aún está en proceso de desarrollo, que aún no ha culminado plenamente.

“Los cubanos defienden /la patria/ que se va forjando en la lucha abnegada de nuestro pueblo, de nuestras mayorías nacionales, por la justicia, por la libertad, por la dignificación de todos los hombres, por el bienestar de las masas.”

/.../

“La Patria nuestra reclama, todavía, que se la rescate de los que se quedan con sus riquezas, de las dos docenas de latifundistas y de las 25 compañías extranjeras que lo poseen todo mientras millares de campesinos cubanos vagan por calles y caminos, víctimas de los desalojos; mientras miles de trabajadores ven morir lentamente a sus familiares, víctimas de la desocupación, víctimas de la especulación desenfrenada. Esa es nuestra patria permanente”.[8]

Martí concibió una revolución nacional liberadora, lo cual era mucho más que el simple logro de la independencia de España, y en la misma medida en que el marxismo se convirtió en la teoría e ideología para la liberación nacional en los nuevos tiempos de expansión del imperialismo norteamericano, cobró especial importancia para los marxistas cubanos el pensamiento de Martí.

Esta es la razón por la cual el secretario general del partido de los comunistas cubanos, apoyado en el legado de Mella, reclamaba una interpretación revolucionaria de Martí y su obra, que tuviese en cuenta los factores que radicalizan el pensamiento y la acción del Apóstol.

En el trabajo de unir a las clases sociales y sectores más explotados de la sociedad bajo el programa de la liberación nacional, el llamado de los comunistas supo deslindar que no toda la sociedad estaba en condiciones de asimilar esta lucha por igual, de ahí que llevaran a cabo una política diferenciada para lograr la unidad de los obreros, los campesinos y los demás sectores vulnerables de la sociedad.

No obstante, el partido entendió que existían reclamos que podían unir a todos los cubanos, sin distingos, debido a las condiciones económicas predominantes después de la II Guerra mundial. Tales demandas como Marina Mercante y Banca Nacional o lucha por el diferencial azucarero, situaron a la organización comunista como la única dedicada a movilizar a las masas en torno a la afirmación de la soberanía nacional.

Pero realmente las batallas ideológicas se manifestaron con mayor agudeza a partir del inicio de la “guerra fría” en 1947. Frente a la reacción desencadenada los comunistas plantearon la lucha por la liberación nacional y la realización de una reforma agraria democrática y profunda, como tareas de primer orden. Fundamentaban esta posición en la concepción martiana y leninista de ver al enemigo principal, el imperialismo, como principal oponente de los intereses nacionales.

A partir de esta fundamentación determinaron su política de alianza, basada en la más amplia unidad de obreros y campesinos con la pequeña burguesía y otros sectores sociales explotados como las mujeres y los jóvenes, situando a la clase obrera como hegemónica para obtener la liberación nacional.

En un recuento que hiciera de los 27 años de existencia del Partido, en plena dictadura de Batista, Carlos Rafael Rodríguez volvía a subrayar cómo estuvo siempre en el centro de la actividad del Partido Comunista, la lucha por la nueva independencia que inexorablemente implicó la lucha contra el imperialismo.[9]

La vigencia del pensamiento martiano en la nueva etapa histórica a la cual hacía referencia Carlos Rafael en los inicios de la década del 50, tuvo mucho que ver con su proyección revolucionaria y transformadora. En este sentido cobró especial relevancia el debate en torno a la revalidación del autonomismo que se manifestó a fines de 1952.

En aquel año, en ocasión del centenario de Montoro, líder de los autonomistas de finales del siglo XIX y principios del XX, algunos intelectuales representantes de la burguesía cubana comenzaron a propagar algunas tesis que elevaban el autonomismo al rango de una corriente histórica progresista, favorable al desarrollo nacional cubano.

Según estos ideólogos, los autonomistas habían basado su oposición a la independencia en el criterio de que Cuba no estaba preparada para ejercer las funciones de un gobierno propio y era necesario un período de preparación bajo la tutela de España y dentro de los marcos autonómicos, antes de que pudiera pensarse en la separación definitiva. Según estas tesis, Martí erró al plantearse una independencia a destiempo que dejó a la larga un balance histórico perjudicial. Por esa vía se trataba de convencer a los cubanos de que todos sus males presentes- desde la corrupción administrativa hasta los golpes militares- tenían su origen en una independencia prematura.

Carlos Rafael Rodríguez denunciaba que en el fondo de estas ideas estaba la postura de la burguesía cubana, la cual había renunciado como clase a la defensa del interés nacional cubano y llegaba a la siguiente conclusión:

“... lo que ha fracasado no es la independencia, ni el programa revolucionario del 95, ni el ideario mambí. Si Cuba sufre hoy las condiciones políticas, sociales y morales que tanto gustan invocar los ideólogos conservadores y reformistas para precavernos de los ‘radicalismos’ actuales, la causa de esos males hay que buscarla precisamente en la presencia del imperialismo yanqui que desde las vísperas mismas de la liberación, impidió a los ‘radicales’, es decir, los defensores de la independencia y su programa renovador, ejercer el mando político con el apoyo de las masas”.

Posiciones ante el Centenario Martiano

Otro momento de especial magnitud en el enfrentamiento de ideas sobrevino con la celebración del centenario del Apóstol. En ocasión de esta significativa efemérides hubo en Cuba una verdadera “explosión” de publicaciones dedicadas al Maestro. Apenas había transcurrido un año del golpe de estado de Batista, quien no escatimó esfuerzos en utilizar la celebración de la fecha para legitimar su poder, tal y como ya había hecho en la etapa anterior.

Desde su puesto de Presidente de la República, Batista había nombrado una comisión nacional organizadora de los actos y ediciones del centenario y del monumento de Martí. Algunos de los más connotados especialistas de la obra martiana rechazaron integrar dicha comisión a la cual había convocado el propio Batista. Emilio Roig en un artículo publicado en Carteles, el 14 de septiembre de 1952, pone en evidencia lo que pretendía hacer el gobierno de facto y expresa que “no es el gobierno el que va a conmemorar el centenario de Martí: es Cuba, los cubanos todos, y en primer término los cubanos martistas”.

El Congreso de Escritores Martianos, organizado por el gobierno de facto, se celebró del 20 al 27 de febrero de 1953, y en él participaron 124 escritores procedentes de 23 países. Se criticó mucho la ausencia de significados martianos tales como Juan Marinello, Jorge Mañach, Regino E. Boti, José A. Portuondo y Angel Augier, entre otros. Las normas restrictivas impuestas por los organizadores del Congreso y la actitud oposicionista de algunos de ellos, determinaron la exclusión. En cambio, participaban en el evento algunos altos funcionarios del gobierno de facto como Pedro López Dorticós y Joaquín Martínez Sáenz, cuyas vidas estaban divorciadas de las ideas de nuestro Héroe Nacional.

Al leer las actas del Congreso se puede vislumbrar la marcada propensión de las intervenciones a proponer un Martí universal. No buscaron al cubano, sino al hombre continental que luchó por el robustecimiento de la unión espiritual y material de los pueblos de América. Se evitaba cualquier pronunciamiento radical en torno a problemas de singular importancia como su posición frente al imperialismo e incluso hubo quienes intentaron oponerlo a las nuevas corrientes políticas.

En contraposición a este propósito de despejar de contenido revolucionario el pensamiento del Apóstol, se organizó en Santiago de Cuba un ciclo de conferencias cuyo lema rezaba “Pensamiento y Acción”, celebrado entre el 28 de enero y el 27 de mayo de 1953 en la universidad de esa ciudad. Juan Marinello dictó una conferencia, que ya había sido leída por primera vez el 27 de enero de 1953 en el acto organizado por la federación Democrática de mujeres Cubanas, en la cual llamaba a descubrir a un Martí entero y verdadero, en toda su hazaña política y artística.

A este homenaje de los cubanos martistas se sumó el Partido Socialista Popular, que había manifestado un claro rechazo al golpe militar. Sus más destacados intelectuales dedicaron su obra a ensanchar y confirmar la universalidad del Maestro, enfatizando en la vigencia de su legado para la lucha presente y futura del pueblo cubano.

En 1953, Carlos Rafael Rodríguez escribió “Martí, guía de su tiempo y anticipador del nuestro”, en el cual se trasluce la influencia del trabajo de Blas Roca titulado “José Martí: revolucionario radical de su tiempo”, publicado por la Editorial Páginas en 1948.

El hecho fundamental de este centenario es que llegó a cubanos que no tenían noticia siquiera de lo más elemental del ideario y acción martianos, en tanto la prensa cubana, de todas las tendencias, dedicó amplios espacios al acontecimiento. El propio Juan Marinello reflexionaba sobre la repercusión que había tenido en el fomento del conocimiento popular: “Son muchos los que, con el viento del centenario, han quedado pasmados de su tono y sobrecogidos de su elocuencia”.

A través de su existencia, los marxistas cubanos encontraron en lo más progresista de nuestras tradiciones nacionales, el sustento para la preparación político-ideológica de las masas populares en su lucha por la liberación nacional y por la defensa de la identidad nacional, sin lo cual hubiera sido imposible el triunfo de la Revolución Socialista.

En la concepción de la Revolución martiana, encontraron los marxistas cubanos de todas las épocas un punto de partida indispensable porque en ésta se resumía la etapa de la liberación nacional aún no alcanzada, sin la cual no podía concebirse el futuro socialista de la patria. De igual modo el proyecto de república democrática y equitativa esbozado por Martí en múltiples discursos y escritos, tiene urgencia de materializarse en la república que los marxistas se empeñaban en construir, aunque las nuevas condiciones históricas imponían enriquecer los postulados del Apóstol.


[1] Raúl Roa: La Revolución del 30 se fue a bolina, Instituto del Libro, La Habana, 1969, pág. 247.

[2] Angelina Rojas. La estrategia y la táctica del primer Partido Comunista de Cuba entre 1935-1952. fundamentación teórica y práctica. Instituto de Historia de Cuba.

[3] Blas Roca: Informe al VI Pleno del CC del PCC, 2 de octubre de 1935 (Biblioteca del Instituto de Historia de Cuba).

[4] Raúl Roa. Transcripción de sus palabras en el sábado del libro donde se lanzó Poesía y Prosa de Rubén Martínez Villena, con motivo del 45 aniversario de su desaparición. En: Bohemia, La Habana, Año 71, No 3, 19 de enero de 1979, p. 39-40

[5] Se le da el nombre de browderismo al conjunto de ideas revisionistas sustentadas por Earl Browder, secretario general del Partido Comunista de los Estados Unidos, en la época de la II Guerra Mundial. Esta corriente capitulaba ante el imperialismo y traicionaba los intereses de los trabajadores norteamericanos. Browder fue separado de la dirección del Partido y en 1946, expulsado definitivamente.

[6] Fundamentos. Año IX, No. 93, noviembre de 1949, p. 955.

[7] Blas Roca. Conferencia leída en el teatro “Cuatro Caminos”, La Habana, 17 de mayo de 1942, para honrar la memoria del fundador del socialismo científico en el 124 aniversario de su nacimiento. (Folleto. Biblioteca Instituto de Historia de Cuba). P. 8-13.

[8] Blas Roca. “La Patria”. Noticias de Hoy, La Habana, Año VI, No. 173, 22 de julio de 1943, p. 1, 7.

[9] Carlos Rafael Rodríguez. 27 años del Partido Comunista. Fundamentos. Año XII, No. 126, septiembre de 1952, p. 804.

Dra. María Caridad Pacheco González. Centro de Estudios Martianos