BOLCHEVISMO 1

Bolchevismo
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BOLCHEVISMO 1

Sumario

nuestros objetivos: la teoría como arma de la revolución.- la redacción

ante el IV congreso central y su resolución.- j. bullejos.

sobre algunas cuestiones de la historia del bolchevismo.- j. stalin

la huelga del 25 y 26 de enero: reflexiones sobre los movimientos realizados con nuestras consignas.- manuel adame.

la lucha de los campesinos.- etelvino vega.

la revolución y el movimiento nacionalista.- josé silva.

la realización del primer plan quinquenal.- w. m. molotov.

la misión de la literatura proletaria revolucionaria en España.- fernández armesto.

la revolución española y la necesidad del viraje del partido comunista.- manuilsky.

en la unión soviética: el desenvolvimiento de la industria en 1931 y las tareas a realizar en 1932.

objetivos nuevos, fuerzas nuevas.- lenin.

los grandes problemas de partido.- m. hurtado.

ilustraciones de helios gómez.

2 NUESTROS OBJETIVOS la teoría como arma de la revolución 

El bajo nivel teórico del proletariado español —que le nace fácilmente accesible a la influencia de ideologías extrañas a sus intereses y necesidades— constituye una de las grandes debilidades de nuestro movimiento revolucionario. Es indudable la desproporción que existe entre la capacidad revolucionaria, el espíritu de heroísmo de nuestra clase obrera y su formación política. Diariamente se derrochan caudales de heroísmo, tesoros de abnegación sin que puedan ser debidamente aprovechados a causa de que el proletariado actúa sometido a la doble influencia ideológica de los anarquistas y de la socialdemocracia.

Entre las grandes tareas que se imponen a nuestro Partido en los momentos actuales, una de ellas, y no la menos importante, es la de elevar el nivel teórico de la clase obrera, la de crear cuadros de militantes debidamente preparados, con una concepción clara de la dialéctica de la lucha de clases y del proceso de la revolución, la de emprender en el frente teórico una guerra a muerte contra todas las ideologías ajenas a nuestra clase, y en particular contra el confusionismo doctrinal, ideológico, que propagan nuestros enemigos y que pretendan infiltrar en nuestras filas para servir los intereses de las clases dominantes. Estas, en su lucha contra la revolución, intentan corromper la conciencia de nuestra clase, enturbiar su concepción política, obscurecer su visión sobre los problemas esenciales, desviarla, en fin, de la línea justa, por medio de concepciones doctrinales, de teorías que, revolucionarias en apariencia, son en realidad  profundamente contrarrevolucionarias. La influencia ideológica de la burguesía tiene en ellas su principal agente de penetración en las filas del proletariado.

«Sin teoría revolucionaria —afirma Lenin— no hay movimiento revolucionario posible. » Efectivamente, nosotros, comunistas, consideramos la teoría como un arma poderosa de la revolución, como instrumento de lucha en manos de la clase obrera. Concebida como arma de combate, es innegable nuestro propósito de hacerla servir a los intereses actuales de la revolución, del movimiento revolucionario de las masas y sus luchas contra las clases dominantes.

Uno de los objetivos de las clases dominantes en el momento actual—cuando las masas en plena ebullición revolucionaria quieren forjarse una ideología claramente clasista y se orientan hacia nosotros—consiste en engañarlas, en sembrar en ellas el mayor confusionismo. Toda una serie de artículos, revistas, folletos y libros se escriben con el propósito de desorientar a las masas y desviar su evolución. No se trata sólo de una literatura que combate abiertamente al marxismo, falseándolo o no, según las necesidades de la polémica; uno de los métodos preferentemente utilizados por la burguesía es el de propagar, con la máscara seudocomunista, concepciones de contenido específicamente burgués. Es a través de este género de literatura como se intenta corromper teóricamente a nuestra clase.

3 a esta clase de literatura corresponden revistas del tipo Comunismo, sedicente órgano teórico de los trotskistas españoles. Estos responden a las grandes cuestiones que la revolución plantea con soluciones francamente contrarrevolucionarias. Así lanzan las consignas como las de apoyo a los socialistas para que tomen «plenamente el Poder» y «de Cortes ordinarias democráticamente elegidas», consignas que pretenden oponer a las expuestas por nuestro Partido. Así también negando el carácter democrático burgués de nuestra revolución trabajan por aislar al proletariado de los campesinos, por debilitar la base de la revolución y conducirla, por lo tanto, a su fracaso.

El maurinismo, igualmente, es uno de los conductos por los cuales penetra en el campo proletario la ideología pequeño-burguesa. Toda la literatura de Maurin es una impúdica falsificación del marxismo, de la cual se derivan perjuicios incalculables para el movimiento proletario.

Bolchevismo se propone cubrir la gran laguna de nuestro movimiento revolucionario, dotándole del arma teórica que precisa. Su  objetivo principal —formación de una clara conciencia de clase, de una ideología netamente proletaria, de una concepción realmente marxista— no podrá cumplirse sino en lucha constante, tenaz, con todas las ideologías rivales, por medio de un combate despiadado contra todas las teorías confusionistas que objetivamente sirven los intereses de la contrarrevolución. Será una Revista de lucha y no académica; muy objetiva, pero apasionada, intransigente, huyendo de toda concesión doctrinal al adversario. Bolchevismo ocupará una de las primeras trincheras en el campo de la revolución y será la vanguardia en el frente teórico de la clase obrera.

4.......................       JOSÉ BULLEJOS

ANTE EL IV congreso del partido

el pleno del comité central y sus resoluciones 

En circunstancias de inmensa trascendencia histórica, cuando la revolución atraviesa uno de sus momentos más decisivos, se ha reunido el Pleno del Comité Central de nuestro Partido. Efectivamente, el proletariado y los campesinos se encuentran ante un viraje brusco de la situación, ante una nueva fase en la cual la contrarrevolución —movilizando todas sus fuerzas para aplastar a las masas e instaurar su dictadura abierta— tropieza con la resistencia heroica de éstas. Durante los últimos meses, paralelamente a las grandes batallas de orden económico que se han librado (huelgas de Sevilla, Barcelona, Vizcaya, Gijón, etc.), y en las cuales la ofensiva corresponde a la burguesía, se han producido una serie de hechos cuya importancia para el desarrollo de la revolución es inmensa y que permiten conocer perfectamente la nueva relación de fuerzas. La desorganización provocada en las filas obreras a partir de los primeros días de septiembre, a causa de las traiciones de los jefes socialfascistas y del oportunismo traidor de los líderes del anarcorreformismo; los efectos desmoralizadores que produjeron en el movimiento proletario las grandes derrotas de Barcelona y Zaragoza del pasado verano, ofrecieron la posibilidad a las clases dominantes de conquistar posiciones ventajosas para oponerse al desarrollo de la revolución y emprender una vigorosa ofensiva contra ésta. Primero se impone la ley de Defensa de la República, instrumento de combate dirigido contra el proletariado y los campesinos; después se establece el decreto de recogida de armas, inspirado en el propósito de desarmar a los obreros agrícolas y a los campesinos y de impedir la acción revolucionaria de éstos contra las tierras de los grandes propietarios, de impedir la invasión de los cotos de caza, haciendas y propiedades de los latifundistas. En todo el frente —mientras la reacción organiza públicamente sus demostraciones y la prensa clerical monárquica y reaccionaria predica abiertamente la guerra contrarrevolucionaria— se emprende el ataque contra la clase obrera, y en particular contra sus organizaciones revolucionarias, Partido Comunista, Federación Anarquista Ibérica, Sindicatos de Sevilla, Barcelona y Vizcaya, etc.

La concentración de todas las fuerzas reaccionarias y la preparación de la dictadura sangrienta de la contrarrevolución se lleva a cabo con rapidez vertiginosa. La revolución atraviesa actualmente los momentos de mayor peligro y sólo puede ser salvar por medio de una acción enérgica, revolucionaria de las masas, a costa de una lucha resuelta contra las clases que ocupan el poder, contra la gran burguesía y los latifundistas y asimismo los jefes socialfascistas, que son la avanzada de la contrarrevolución.

5 La ofensiva reaccionaria ha encontrado desde el primer momento una resistencia encarnizada en las masas, que durante las jornadas del 21 al 26 acreditaron su decisión de cerrar el paso a la contrarrevolución e impedir por todos los medios la instauración de una dictadura. Pero aunque esta heroica acción del proletariado y de los campesinos determinó un momentáneo repliegue de las fuerzas reaccionarias, las amenazas, los peligros que rodean a la revolución no sólo no han disminuido, sino que aumentan de día en día. Durante las últimas semanas hemos visto producirse hechos de una importancia suma. La alianza contrarrevolucionaria de la burguesía española con el imperialismo francés se ha estrechado, tanto en lo que se refiere a la política antisoviética como en lo que afecta a España. La campaña de calumnias iniciada por Casares Quiroga a raíz de la huelga del 25, continuada y ampliada por los jefes socialfascistas, es inspirada, organizada y dirigida efectivamente por el representante del imperialismo francés en España, por Herbette. Días antes de que Fernando de los Ríos afirmara ante los periodistas que la Unión Soviética intervenía y subvencionaba el movimiento comunista, celebró una amplia entrevista con Herbette en la Embajada, en la cual se trazó el plan de ataque contra nuestro Partido, la revolución española y la Unión de Repúblicas Soviéticas,

No menos importante y sintomática es la movilización de fuerzas reaccionarias realizada por Lerroux, su ensayo de marcha sobre Madrid, llevado a cabo el domingo 21, días después de haber «coincidido» Sanjurjo y Alfonso de Borbón en el África francesa.     

Finalmente, la acentuación del carácter dictatorial de la política del Gobierno, la utilización cada vez más frecuente de métodos fascistas y dictatoriales, la realización de una política que corresponde a un período de dictadura, que es ya la dictadura, aunque disfrazada, sin atreverse aún a quitarse la careta, demuestran el verdadero carácter de la situación actual, el momento peligroso que atraviesa la revolución y los objetivos inmediatos que persiguen las clases dominantes.

El Pleno del Comité Central —al que asistían la totalidad de sus miembros, exceptuando los que han sido deportados o estaban encarcelados, y algunos delegados de las importantes regiones— ha enfocado el examen de todos los grandes problemas que debía resolver a través de la Carta de la Internacional Comunista. Los informes facilitados al Pleno, las deliberaciones y discusiones de éste, la posición de algunos delegados ante las cuestiones planteadas, confirmaron plenamente la justeza de la apreciación y de las críticas que esta Carta contiene. Si en el terreno puramente formal la unanimidad era absoluta, al admitir la caracterización que hace de nuestra revolución y de su contenido histórico, en cambio, al tratar el aspecto práctico de nuestro trabajo se observaba que precisamente las cuestiones centrales, aquellas que dan su sello peculiar a nuestra revolución, eran desatendidas, lo que implicaba una ignorancia efectiva sobre el carácter de la revolución y, por lo tanto, de la orientación que debía darse a nuestra política. Sólo así puede explicarse la actitud que el Partido ha observado con respecto a la cuestión campesina. La revolución democráticoburguesa, que debe abolir todos los vestigios de carácter semifeudal existentes en nuestras relaciones sociales, es en primer lugar una revolución agraria.

6 Es en el campo, en las relaciones políticas y económicas que dominan en la campiña entre las diferentes clases y categorías, donde subsisten las principales supervivencias feudales que la revolución debe destruir. La política del proletariado en la revolución democrática debe orientarse, por lo tanto, a buscar en el campo su aliado indispensable, a conquistar y colocar bajo su dirección política a la segunda fuerza motriz de la revolución: al campesinado. Cuando el Partido no practica una política campesina, cuando no va a la conquista inmediata de los millones de campesinos, cuando renuncia a movilizar a esa inmensa masa de explotados que se han incorporado ya a la revolución y que, aunque sin dirección, espontáneamente, aplican algunas de nuestras consignas al invadir los cotos de caza y ocupar las tierras de los latifundistas, demuestra ignorar que la revolución actual, por su contenido democrático burgués, descansa no sólo en el proletariado, sino también en los campesinos, y que sin la conquista de éstos la revolución no puede triunfar.

Una de las principales acusaciones que contiene la Carta de la I. C., referente al aislamiento del Partido, a su falta de ligazón orgánica permanente con las masas, ha tenido una nueva confirmación en el Pleno por parte de casi todos los delegados. En Valencia, por ejemplo, ha subsistido el sistema de direcciones restringidas, estrechas, que facilitaban la ejecución de una política de carácter personal; en asturias se ha continuado practicando la misma política, y a pesar de la creación de una dirección regional amplia, ésta no ha funcionado, descansando en realidad la dirección en dos o tres camaradas muy débilmente ligados a la base del Partido. En Vizcaya, en Madrid, en Cataluña, en todas las regiones, subsiste casi íntegramente el estado de cosas que la I. C. critica en su Carta. Desde la dirección a la base no sólo se ignora qué política de organización debe aplicarse para transformarnos en un Partido de masas, sino que existe una gran resistencia a esta orientación. Parece temerse el aflujo de masas al Partido, y cuando éstas espontáneamente vienen a nosotros, los cuadros directores y los militantes no saben qué hacer con ellas ni cómo utilizarlas. a causa de esto, a pesar de haber elevado la cifra de nuestros afiliados hasta diez mil, en la práctica de nuestro trabajo tropezamos con las mismas dificultades que cuando éramos un pequeño grupo de propagandistas. Oíd el argumento que más corrientemente se utiliza: «carecemos de militantes; no podemos dedicar a este trabajo a un camarada; necesariamente el trabajo del Partido debemos hacerlo tres o cuatro, etc., etc.» Y se dice esto cuando existen millares de camaradas a quienes no se les utiliza permanentemente para un trabajo positivo, cuando el ochenta por ciento de los militantes no son empleados y sólo una pequeña minoría trabajan continuamente para el Partido. ¿Qué significa esto?

Primero, ignorancia de la significación del título de militante. Cada uno de éstos debe cumplir un papel, una misión determinada. Los afiliados, en su totalidad, son agentes activos y de ninguna manera elementos pasivos. Es indudable que no sabiendo el inmenso valor que para nosotros tiene cada uno de los afiliados que hay no se puede comprender la necesidad  de conquistar otros nuevos. Un Partido que no sabe utilizar a todos sus militantes y apreciar, por lo tanto, el rendimiento de cada uno de ellos, no puede, de ninguna manera, comprender la necesidad de aumentarlos.

Segundo, desconocimiento absoluto respecto a la necesidad de un Partido Comunista de masas. Volverse de espaldas al problema de ampliar los cuadros del Partido, obstinarse en seguir siendo una secta reducida supone, o renunciar al papel de guías de la revolución y de nuestra clase, o considerar cándidamente que la revolución y las masas pueden ser dirigidas por un pequeño núcleo de militantes. Significa también no ver que el crecimiento del Partido refleja el crecimiento de la ola revolucionaria, que a medida que ésta se eleva debe crecer el Partido y traducir la progresión de su influencia política en un aumento de militantes.

7 Tercero, incomprensión de cómo debe elevarse el nivel de los militantes del Partido. Precisamente por no utilizarlos, por reducir la realización de todas las tareas a un pequeño grupo, por no vivificar políticamente a toda la masa de afiliados, éstos poseen actualmente un nivel político tan deficiente y tropezamos con grandes inconvenientes para su utilización. Sólo rompiendo con este método de trabajo, llevando a los puestos de responsabilidad al mayor número de camaradas, asignando a cada militante una tarea concreta podremos contar con cuadros fuertes y con un Partido que en su conjunto, como organización, pueda realizar las grandes tareas que le corresponden.

La discusión provocada en torno de la huelga general del día 25 y 26 y de la cuestión nacional puso de manifiesto una de las más peligrosas desviaciones que actualmente existen en el Partido—el oportunismo de derecha—, que bajo diferentes formas, pero con idéntica significación, se ha puesto de relieve en distintas regiones. Esta desviación ha sido encarnada por el representante de Levante. Los afectos de esta política oportunista se han sentido notablemente durante el último período. Federaciones como la de Asturias han vivido al margen de los acontecimientos; mientras la contrarrevolución se prepara para instaurar su dictadura, cuando se han producido hechos como los de Castilblanco, Arnedo, etc., niegan la existencia de un peligro contrarrevolucionario y subestiman la necesidad de la huelga general propuesta en la Carta abierta del Comité Central. Consecuencias: en Asturias no puede llevarse a cabo la huelga general, y cuando después van a examinarse las causas se pretende buscarlas en el dominio técnico, cuando, en realidad, fue la falta de preparación política intensa y la carencia de una organización adecuada la que impidió la movilización de las masas y la realización de la huelga. Algo parecido sucedió en Madrid, donde no ya las masas, ni siquiera la base del Partido, fue preparada políticamente para el movimiento, radicando aquí la causa fundamental del repliegue oportunista y la capitulación llevada a cabo. En Alicante no sólo no se prepara la huelga, sino que se condena la actitud justa adoptada por los camaradas de Valencia. Para la dirección regional la huelga no era un movimiento de masas provocado por nuestra Carta abierta; una movilización de las masas determinada por nuestras consignas; una respuesta del proletariado y de los campesinos a las provocaciones de la reacción. Se trataba exclusivamente de un intento putschista de los anarquistas. ¿Cómo luchar contra éste? ¿Cómo impedir que las masas, dirigidas por los anarquistas, marcharan hacia una derrota segura, comprometiendo incluso el porvenir de la revolución? Para el delegado de Levante, la mejor política era la de cruzarse de brazos, dejar que las masas se estrellaran, y que, a costa de una formidable derrota, adquirieran la experiencia de la falsa táctica de los anarquistas. Al enjuiciar así el movimiento y nuestra política, no sólo se desconocía el carácter de aquél y las causas que lo provocaban, sino también que precisamente la táctica descabellada de los anarquistas sólo puede prosperar allí donde falta nuestro Partido; que sólo éste puede y debe evitar el putsch, que debemos salvar a las masas, e incluso a los propios anarquistas, de esta política. El ejemplo de Sevilla es bastante elocuente.

Sería un gran error considerar que la posición adoptada por el delegado de Levante respecto a la cuestión nacional corresponde sólo a una actitud personal o de un pequeño grupo. Desgraciadamente, está muy extendida en el Partido. La actitud general del Partido ante este problema se aprecia mejor examinando su política práctica.

8 Si en lo referente a la cuestión campesina la causa de nuestra falta de trabajo es necesario buscarla en la incomprensión del carácter de la revolución actual, en el problema de las nacionalidades debemos buscarla en la concepción oportunista que se tiene de nuestra política nacional. Para muchos militantes, como para el delegado de Levante, la cuestión nacional" no existe; juzgan que Cataluña, Vasconia y Galicia no son pueblos oprimidos; que la cuestión nacional es un problema artificial, creado voluntariamente por la burguesía de estos países, y que interesa sólo a las clases dominantes. Es la vieja concepción socialdemócrata, que sirve los intereses del imperialismo, y en nuestro caso concreto del imperialismo español.

Tanto los debates provocados en el Pleno del C.C. como las discusiones que actualmente se suscitan en las células, revelan la necesidad de conceder a este problema la importancia inmensa que posee. La realización de una política justa con respecto a la cuestión nacional exige, en primer lugar, que todos, absolutamente todos los militantes del Partido la comprendan, que se destruye radicalmente esta concepción oportunista, socialdemócrata.

Las Resoluciones adoptadas por el Comité Central en su sesión plenaria señalan las grandes tareas del Partido. Estas son planteadas en relación directa con la preparación política del IV Congreso Nacional, del Partido, que, si no el punto culminante, del ser, por lo menos, la base para transformarnos en un Partido bolchevique de masas. Los errores, las debilidades del Partido, han de rectificarse rápidamente, sobre la marcha. En las luchas de todos los días debemos templarnos y fortificar políticamente nuestra organización. Hay que ir hacia las masas, ligarnos a ellas, conquistarlas para nuestra dirección política, atraemos a sus mejores elementos, hacer de cada obrero revolucionario un militante del Partido. ¿Cómo conseguirlo? Interviniendo todos los días en las luchas obreras; organizando todas las batallas que se provocan contra las clases dominantes; movilizando a los obreros y campesinos en torno de programas concretos de reivindicaciones; siendo un partido de luchadores, de organizadores, y no una simple organización de propagandistas. Para que las masas depositen en nosotros su confianza plena y nos otorguen el título de jefe de la revolución, deben ver al Partido diariamente en la brecha, defendiendo sus intereses, organizando y dirigiendo sus acciones. Y han de conocernos, no sólo como los más heroicos defensores de nuestra clase, sino también como los más capaces. Capacidad que se demuestra tanto en la formulación de consignas justas como en la aplicación de la política adecuada para realizarlas. Dirigir las luchas significa no sólo saber dotarlas de una directiva general justa, sino, fundamentalmente, de organizar a las masas y movilizarlas para imponer sus reivindicaciones. El Partido se acreditará, por tanto, como Partido director, en el trabajo diario de organización y movilización de las masas, creando los órganos de frente único en los lugares de trabajo, constituyendo los Comités de lucha, de fábrica y de cortijo, organizando a los parados, sentando las bases orgánicas de los Soviets y utilizando para su creación todas las grandes batallas que se producen.

Es en este sentido como debe ser entendida y aplicada la Carta de la I.G. El Pleno del C.C. y la preparación del IV Congreso deben significar un cambio radical en nuestra orientación política, la realización efectiva del viraje que se nos señala, y que las circunstancias lo exigen con más apremio.

9 .......................       J. STALIN

 

sobre unas cuestiones de la historia del bolchevismo

 (Carta dirigida a la Redacción de la Revista "Poletarskaia Revolutsia")

 

Queridos camaradas:

Protesto enérgicamente contra la publicación en la Proletarskaia Revolutsia (número 6, 1930) del artículo semitrotskista de Sloutski, hostil al Partido, Los bolcheviques frente a la socialdemocracia alemana en el período de crisis de la anteguerra, escrito en tono de polémica.

Sloutski afirma que Lenin (y los bolcheviques) desestimaban el peligro del centrismo en Alemania y, en general, de la socialdemocracia de antes de la guerra; es decir, que desestimaba el peligro del oportunismo enmascarado, el peligro de una política de conciliación hacia el oportunismo. O dicho de otra manera: según Sloutski, Lenin (y los bolcheviques) no se lanzaba a una lucha irreductible contra el oportunismo, ya que la" desestimación del centrismo equivalía de hecho a renunciar a la lucha en campo abierto contra el oportunismo. De esto deduce que, en el período anterior a 1914, Lenin no era todavía un verdadero bolchevique, y que solamente en el período de la guerra imperialista, o precisamente al final de esta guerra, es cuando Lenin se transforma en un verdadero bolchevique. así habla Sloutski en su artículo. Y vosotros, en lugar de desenmascarar a este «historiador» que se presenta nuevamente como calumniador y falsificador, entráis en discusión y polémica con él y le ofrecéis la tribuna. Yo no puedo dejar de protestar contra la publicación en vuestra Revista del artículo de Sloutski en plan de bandera de combate para una discusión periodística, ya que no puede discutirse el «bolchevismo))  de Lenin en torno- a la cuestión de saber si Lenin emprendió una lucha irreductible contra el centrismo como forma determinada del oportunismo o si no la emprendió; si Lenin fue un verdadero bolchevique ó  si no lo fue.

En la declaración de la Redacción enviada al C.C. el 20 de octubre, reconocíais haber cometido un error al publicar el artículo de Sloutski, artículo polemista. Está bien, naturalmente, aunque esta declaración ha aparecido con gran retraso. Pero cometéis un nuevo error en vuestra declaración cuando estimáis «muy necesario actual y políticamente el estudiar ulteriormente en las columnas de la Proletarskaia Revolutsia todo el ciclo de los problemas referentes a las relaciones de los bolcheviques con la II Internacional de la anteguerra». Esto quiere decir que tenéis la intención de interesar de nuevo a la gente en una discusión sobre cuestiones que constituyen un axioma para el bolchevismo. Esto significa que pensáis transformar de nuevo la cuestión del bolchevismo de Lenin, de un axioma, en un problema que necesita un «estudio posterior». ¿Por qué? ¿Por qué razón? Todo el mundo sabe que el leninismo ha nacido, crecido y fortalecido en una lucha implacable contra los oportunismos de todas las tendencias, comprendiendo el centralismo de Occidente (Kautsky)  y el centralismo de nuestro país (Trotsky y otros). Ni aun los enemigos declarados del bolchevismo pueden negar este hecho. Es un axioma. Y vosotros queréis hacernos retroceder intentando transformar el axioma en un problema que necesita un «estudio ulterior». ¿Por qué? ¿Puede ser por ignorancia de la historia del bolchevismo? ¿Con qué derecho? ¿Quizá por un liberalismo podrido, a fin de que Sloutski y otros discípulos de Trotsky no puedan decir que se les ha tapado la boca? Liberalismo asaz  extraño, practicado a expensas de los intereses vitales del bolchevismo...

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